El Colegio La Inmaculada es una escuela católica,

perteneciente a la congregación de los Hermanos

Maristas. 

 

Los educadores maristas somos discípulos de

San Marcelino Champagnat, un hombre fiel a

Dios, creativo, con un impulso espiritual que

aún hoy hace eco en nuestros corazones. Vivió

en una época de fuerte crisis moral, institucional

y social, en la Francia que se abría a la novedad

de la Revolución.

Su visión práctica e innovadora se concretó en

un estilo de educación que aún hoy replicamos

actualizando su mensaje de evangelizar

educando. Nuestro carisma como educadores se

basa en la presencia, la sencillez, el espíritu de

familia, el amor al trabajo y el compromiso como ciudadanos, todo enmarcado dentro de un modo de entender la realidad al estilo de María, la Buena Madre.

 

Por tal motivo, e inspirados en el espíritu de Marcelino entendemos que la escuela es un espacio privilegiado para hacer síntesis entre la fe, la cultura y la vida.  Promovemos un clima institucional que favorezca los procesos de enseñanza y aprendizaje en un espacio donde se respire la alegría por convivir y compartir. 

Como maristas recibimos el impulso del sueño del Padre Marcelino Champagnat que apostó a la educación de los niños y jóvenes como una clave para humanizar y hacer brillar el espíritu de Dios entre los hombres de su tiempo.

 

En el Colegio la Inmaculada creemos que el gran desafío educativo es la sabiduría, más allá de los conocimientos y la cultura que impone nuestro tiempo post moderno, nos mueve la inquietud de que nuestros alumnos gocen de un saber que tiene un “sabor” especial.

 

Promovemos una Educación Evangelizadora, en el sentido de que no es una acción o varias acciones “religiosas” lo que da el sello cristiano a nuestra propuesta educativa, sino toda una cosmovisión impregnada de Evangelio, un modo de entender la educación no sólo como transmisión de saberes sino además como la oportunidad de abrir horizontes de sabiduría.

 

Apostamos a una escuela donde los alumnos sean constructores de aprendizajes significativos, por eso sostenemos que los saberes y conocimientos sobre Dios se construyen en los vínculos con los otros. En este sentido la escuela es un espacio privilegiado donde aprender a convivir con otros es un desafío constante, es semilla del Reino que inspira, interpela y convoca a renovarse.

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